
En un recóndito pueblo de Castilla,
cuyo nombre, quizás recuerde algún día,
cruzaba Antonio el umbral de esta vida
instalándose en el seno de una humilde familia.
Convertido en un joven intrépido
aquél que con el discurrir del tiempo,
llegaría a convertirse en mi tatarabuelo,
consiguió evadirse del ejército
huyendo a merced del viento.
Acompañado de una joven y robusta mula,
perdió de vista grandes e inmensas llanuras.
Sumergiéndose en variopintas aventuras,
se deshizo de cuantos buitres y alimañas
pretendían cortarle el paso.
Cruzando senderos tortuosos y empinados,
logró atravesar verdinosos y traslúcidos remansos,
calmando su sed en las inhóspitas fontanas
para embriagarse en sus límpidas aguas.
Al oscurecer el día, se recostaba
sobre el establo de alguna remota cabaña,
a cambio de realizar labores en el campo
a las que habitualmente estaba acostumbrado.
Su trabajo era tan intenso,
que ni siquiera encontraba un hueco
para aliñarse a tiempo,
entretanto se le acrecentaba el pelo.
Hastiado de deambular para uno y otro lado,
contando con unos cuantos pesos ahorrados
decidió instalarse en un diminuto poblado,
habitado por seres un tanto rudimentarios
poseedores de un gran talante hospitalario.
Sobre los hombros de mi antepasado
descansaba su largo cabello lacio,
dándole un aspecto un tanto estrafalario.
Al comenzar a correrse la voz...
el apelativo “melenas”
ya nunca le abandonó,
traspasándolo en herencia
a su prolífica descendencia.