Ante ti yo me inclino
sabio y viejo amigo.
A tu vera he soñado,
tópicos viajes de niño
acompañada de un arcano
laúd, de jilgueros y mirlos,
respirando contigo
el embriagante perfume,
que el rocío de la noche
esparce cual salero,
sobre el sagrado templo
de abedules y fresnos.
Buceando en tu memoria,
encontré enterradas
¡tantas y tantas
ígneas agresiones
de azufre y pólvora!
Redimidas con tus lágrimas.
¡Cuántos insensatos,
desoyendo tu llanto
buscaron su codiciado
“descanso” violando
tu impoluto regazo!
Del archivo de tu memoria
hoy, he rescatado
el abortado sabotaje
sufrido en mi carne,
donde la muerte
te buscó como aliado,
tras recién estrenados
mis catorce veranos.
Ahogándose mis gemidos
entre tus gélidos brazos,
te conmoviste en el acto,
ante el corazón herido
de aquel padre, a punto
de perder un hijo.
Habiéndome librado del maleficio
él, con los ojos enmudecidos,
reconciliándose contigo,
mirando al cielo
para siempre te bendijo.
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