
Con alevosía y precisión,
la mano del pirómano
ejercita su impune labor,
sembrando llanto y dolor.
Desamparados pajarillos
huyen despavoridos,
gimiendo al unísono
tras ser desterrados
de su fértil paraíso.
El viento encendido
propaga a voz en grito
lamentos y quejidos,
esparcidos por la robleda,
pinares y eucaliptos.
La esencia de las flores
fusionadas en el abismo,
ya no aroman los caminos.
Los vecinos de estos arrabales
salen a luchar como titanes
intentando sellar sus lares
¡Cuánta sangre de valientes
riegan senderos estériles!
Desde el ventanal de la ciudad
testigo de tanta iniquidad,
mi corazón se disemina
ante igneas nubes de perfidia,
testadas de duelo y desdicha.
Las trompetas de alerta
suenan por toda la ribera,
despertando al leal Miño
que acude raudo y solícito
a las llamadas de auxilio.
foto de Marta Santos García
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