En el rincón de un precioso jardín,
se instaló muy discretamente Lavanda,
no tardando en sentirse marginada
al lado de la rosa y del blanco jazmín.
El floricultor que a diario las cuidaba,
con la máxima atención las observaba,
y como su jerga sabiamente descifraba,
ponía empeño en animar a Lavanda.
Al amanecer de un día muy cálido,
el hombre va hacia el lugar caminando
cuando, sin dar crédito a sus ojos
contempla un acontecimiento insólito.
De pronto, como si de un cuento saltara,
ve surgir ante él una hermosísima hada.
Emanando destellos de esencia perfumada,
los esparce suavemente sobre Lavanda.
Al derramar sobre ella tan sutil fragancia
envuelta en hebras violeta y fina plata,
la transformó en una maravillosa planta.
Al concluir, se oculta por arte de magia.
Desde aquel acontecimiento increíble
esta flor destila un aroma irresistible.
Ante el influjo de renuevo tan sublime,
se puede percibir una paz indescriptible.
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