martes, 31 de mayo de 2011
María Soliña
Tras el feroz asedio de los piratas turcos fielmente defendido por los vecinos de Cangas, cayeron juntamente en la batalla el hijo de María Soliña y su marido, Pedro Barba.
Sin fallar un día, cuando el sol se deslizaba por la cara oculta de la luna, María, viuda y ya septuagenaria, con la mirada extraviada, deambulaba por la playa descalza y cabizbaja, totalmente desamparada. Al mar en alto imploraba el regreso de aquellos que tanto amaba. Aún escuchando sus plegarias, él se limitaba a purificar la sangre inocente de cuantos combatieron por su villa con arrojo y valentía.
Ahí dio comienzo la cacería. Aliándose nobles e inquisidores, planearon usurparle los títulos y bienes heredados de su marido legalmente. Para evitar sospechas juzgaron a ocho mujeres: acusándolas de hechiceras, las arrojaron impunemente a la hoguera.
Sin titubear, a Soliña torturaron cruelmente, hasta dejarla agónica e inconsciente.
Para acallar al pueblo enfervorizado, sus restos fueron trasladados fuera del extrarradio, vetando su merecido descanso en el recinto del campo santo.
Mas el pueblo llano jamás ha olvidado, quedando escrito con sangre y oro
en la historia de Galicia, el nombre de la gran María Soliña.
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