martes, 1 de septiembre de 2009

Enclave mágico


Un plácido día de verano, cuando ya comienza a declinar la tarde, dirijo muy decidida mis pasos hacia Santo Tomé, lugar donde se hallan los restos de un antiquísimo castro, y sin lugar a duda un paraje fantástico. Este enclave está ubicado muy cerca de la ciudad, a la vez que retirado del mundanal ruido. Después de haber caminado un buen trecho, comienzo a desesperarme, en el preciso momento que ante mis ojos aparece un gran rótulo, indicando el final del trayecto. Según voy divisando los restos del antiguo poblado, ya remodelado por los romanos una vez que los celtas cayeron a sus pies, derrotados, me quedo absorta ante tanta belleza, envuelta en una especie de magnetismo a todas luces sagrado, sintiendo como todos mis miembros poco a poco se van relajando. Una fuerza irresistible y sobrenatural, me empuja a recorrer el frondoso bosque, escoltada por grandes robles de porte majestuoso, y fructíferos madroños. Allá en lo alto, diversos guardianes de piedra quieren hablarme de nuestros ancestros, a través de las huellas dejadas por éstos, sufriendo por sentirme incapaz de descifrar su lenguaje hermético, ya que sólo los eruditos son capaces de decodificarlo. Después de ponerme a reflexionar un poco, me decido a bajar por un corto sendero, hasta llegar a un gran desfiladero, desde donde, fascinada por el tan exuberante paisaje,me quedo embelesada observando como el afluente Lonia va zumbando con mucho ímpetu las gigantescas peñas apretando su paso, hasta llegar a fundirse con el Miño en un gran abrazo.

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